18 julio, 2022

Los unionenses recibirán su reconocimiento el miércoles 27 de julio, a partir de las 22:00h, en el Antiguo Mercado Público.

Como cada año, el Festival Internacional del Cante de las Minas conecta con sus raíces en estas fechas no solo a través del flamenco, sino también a través de la memoria directa de la actividad minera. Es por eso que rinde homenaje a un minero del municipio y a la viuda de un minero, recordando la labor que hicieron tantas personas en La Unión hace décadas en muy duras condiciones.

Este año será Simón García Guerrero el minero homenajeado. Procedente de una familia minera (a su bisabuelo materno le llamaban ‘Paco El Trueno’ y trabajó en los pozos de El Gorguel y La Parreta), entró con 15 años en la mina y llegó a ser maestro perforista, hasta que fue retirado por silicosis. Con su memoria privilegiada y una vitalidad que traspasa, recuerda toda una vida dedicada a la minería que comenzó de pinche de primer año en la mina San Lorenzo en el año 1959. Tuvo varias salidas y entradas, dedicándose a otros sectores como la construcción, además de venir de trabajar en el campo, pero al final tuvo que permanecer en la actividad porque “era la manera de tener un seguro social”, ya que su hija requería de tratamiento en Valencia. Así se metió en la mina “de segundas”, aunque el jornal “era muy escaso”.

Simón era un buen perforista. Reconoce que se le daba bien y que hacía muchos metros, lo que justifica su título de maestro años después. De hecho, tiene el carnet número 14 a nivel nacional de mercancías peligrosas, que se sacó en Bilbao cuando le dieron el cargo de voladuras. Aunque trabajó en explotaciones a cielo abierto, confiesa que “seguía habiendo mucho miedo y mucho peligro”, porque se abrían minados debajo de las máquinas. “Te veías en situaciones muy difíciles, pero había que ganarse el pan y ese era nuestro sitio”, cuenta. La perforadora que él llevaba era un camión de 4 ejes que perforaba a 9 pulgadas, con una columna de 9 metros de altura, donde iban metidos las barrenas de 7 metros. “Tenía que entrar yo solo al corte y debajo tenía las palas llenando… así que a veces las pasaba canutas porque el piso nunca estaba a nivel y se iba la columna de un lado a otro”, afirma. Recuerda momentos históricos en torno a la minería, como el hundimiento del filón de la Chiscarra o de las minas de El Duende que, aunque sin desgracias, hubo un “gran estruendo”.

Tras todos estos años, Simón no cambiaria nada de su vida y agradece su suerte de refugiarse en el campo cuando acabó la minería. “No me ha ido mal del todo porque seguí estando activo. La naturaleza pura y dura”, señala.

Una mujer trabajadora

María Alcaraz Rubio es de esas personas que tiene la sonrisa como parte de su gesto. Quién diría que tras ella se esconden muchos años de sufrimiento, con un marido minero al que se aferró la silicosis, y de trabajo, porque ella también tuvo que contribuir para sacar a su familia adelante. Este año recibe el homenaje a la viuda del minero.

Con tan solo 9 años Francisco Caparrós Díaz comenzó a trabajar en el entorno minero tras venirse con 5 años desde el pueblo en el que vivía, entre Almería y Águilas, buscando dónde ganar más dinero. Se encontró con María Alcaraz porque se instaló tan solo una calle más arriba. “Llevaba unas esparteñas todas rotas, con la mitad del pie en el sueño, porque no tenían ni para comprar”, recuerda de las primeras veces que le vio. Lo que no recuerda son los detalles de cómo “se arregló” con él, pero al final sus caminos se cruzaron. Francisco, ‘El Jopi’, que falleció el 13 de marzo de 2008, trabajó de amainador corriendo cunas e iba moviéndose de una mina a otra, según donde se ganaba más. Con 40 años ya tenía silicosis aunque estuvo más de una década trabajando después en lo que podía. Recuerda que a Francisco lo que más le gustaba del Cante de las Minas eran los trovos, y que iba a ver el Festival porque el entonces alcalde, Esteban Bernal Velasco, les regalaba las entradas a los mineros, “porque antes los mineros no pagaban”, afirma.

María también trabajó, limpiando casas a diario, ayudando algunos días en la carnicería, en la farmacia y hasta limpiando el cementerio. Dice, con pesar, que ha tenido “una vida muy mala, de mucho trabajar”, y ahora se emociona al recibir este homenaje, recordando a su marido. “Si estuviera aquí él, estaría mejor”, señala la viuda del minero.

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