10 agosto, 2023

José Manuel Gamboa, Carlos Martín y Rafael Manjavacas reflexionan en una conferencia en el Cante de las Minas sobre el papel de la Capital en la difusión de este arte.

Al pensar en flamenco, la mente viaja directamente al sur de España. Sin embargo, hay otras zonas de la geografía española muy vinculadas a este arte, que han sabido aportar un toque característico a modo de legado, como el Levante, o han contribuido a difundirlo como epicentro de artistas, como la Capital. “Si no fuese por Madrid no tendríamos el flamenco tal y como hoy lo conocemos”, destacó ayer el flamencólogo Francisco Paredes en la conferencia ‘El Flamenco en Madrid’  que moderó, y que tuvo lugar dentro de la Agenda Cultural del LXII Festival Internacional del Cante de las Minas. En ella estuvieron presentes el periodista, escritor y productor especializado en flamenco José Manuel Gamboa; el director del portal deflamenco.com, Rafael Manjavacas, y el presidente del Círculo Flamenco de Madrid y especialista en patrimonio sonoro Carlos Martín.

La charla entre estos expertos se remontó al siglo XIX, cuando “la palabra flamenco era la etiqueta que se ponía para vender un nuevo producto”, indicó Gamboa, haciendo alusión a que eran conocidos como ‘bailes del país’, sin que hubiera un apelativo concreto. Contó que se hizo una gran fiesta en Madrid a mediados de este siglo para presentarle el producto a autoridades y personas del mundo de la cultura en la Calle del Baño, que hizo que se le pusiera al flamenco la etiqueta de ‘arte nuevo’, provocando que se extendiera y llegara a toda la humanidad, empezando a “funcionar a lo grande”.

Ya en el siglo XX aparecen los primeros concursos con artistas del género, que fueron la vía para dar a conocer el flamenco, que hicieron “que nacieran generaciones de niños cantaores que evidenciaban la afición flamenca”, según Carlos Martín. Esto se puede comprobar en los carteles de la época, que mostraban la “efervescencia y el ambiente flamenco en Madrid”, con nombres que a día de hoy ni se recuerdan. La ópera flamenca se recuperó tras la guerra y la radio empezó a adquirir protagonismo con “una estética más evasiva que hacía que el flamenco se arrinconara a sus ambientes naturales, como colmaos y fiestas privadas”, añadió el experto en discografía.

“En Madrid no solo existía una demanda de flamenco, sino que había un ambiente andaluz muy importante, haciendo que los artistas que venían a trabajar encontraran un entorno afín”, añadió Martín. Fue hacia los 50 cuando los tablaos pasaron a congregar el arte flamenco. “Se crearon para el público nacional, para que pudieran escuchar cantes de verdad, porque en la ópera flamenca no se cantaba por siguiriya”, indicó Gamboa. Esto motivó que “todos los flamencos de España fueran a Madrid para quedarse a trabajar”, apuntó Manjavacas, añadiendo que reunían “el tejido social de Madrid”.

En esa escena, el Corral de la Morería tuvo un papel crucial. “Es la casa auténtica que nos queda, que estableció el concepto que seguirían el resto de tablaos”, dijo Gamboa, que apuntó que en aquella época el turismo “iba a sacar de la miseria”, cuya fórmula era la gastronomía primero y el flamenco después, aunando ambos conceptos en el mítico tablao madrileño.

Tal y como apuntó Paco Paredes, “todos los artistas que llegaban con la música de su tierra triunfaban en los tablaos de Madrid y las engrandecían”, lo que evitó que “muchos cantes se perdieran”. “Madrid serviría como catalizador, como un espacio libre en que el flamenco se ha podido desarrollar, creando espacios de complicidad para disfrutarlo”, añadió Carlos Martín. “Lo que hizo la Capital fue servir de polo de atracción para todo el orbe flamenco, porque había un espacio donde podía encontrar su lugar más natural y el público accedía, por eso las primeras figuras estaban allí”, matizó, señalando más tarde a las peñas, cuya labor propició una afición importante en torno al flamenco, dando voz a los artistas que no tenían tantos espacios para trabajar cuando se pusieron en marcha los festivales. A esto se sumaron galas flamencas y espacios alternativos que conjuntamente hicieron que “el Madrid flamenco haya sido imprescindible durante dos siglos y el mejor escaparate para el género”.

Este flamenco no estaba lejos del centro, sino que “siempre ha estado muy bien señalizado para que cualquiera que llegara lo encontrara fácilmente”. “A diferencia de otras ciudades, concentraba la vida flamenca en torno al centro de la ciudad, donde estaban los mejores sitios y alternaban los mejores flamencos”, informó Gamboa.

Con todo esto, los expertos dejaron claro que Madrid ha sido testigo de cómo ha sido la evolución del flamenco a lo largo de su historia y el papel que ha tenido para que grandes nombres, como Morente, Paco de Lucía o Chacón, crearan parte de su obra desde este lugar.

10 agosto, 2023

José Manuel Gamboa, Carlos Martín y Rafael Manjavacas reflexionan en una conferencia en el Cante de las Minas sobre el papel de la Capital en la difusión de este arte.

Al pensar en flamenco, la mente viaja directamente al sur de España. Sin embargo, hay otras zonas de la geografía española muy vinculadas a este arte, que han sabido aportar un toque característico a modo de legado, como el Levante, o han contribuido a difundirlo como epicentro de artistas, como la Capital. “Si no fuese por Madrid no tendríamos el flamenco tal y como hoy lo conocemos”, destacó ayer el flamencólogo Francisco Paredes en la conferencia ‘El Flamenco en Madrid’  que moderó, y que tuvo lugar dentro de la Agenda Cultural del LXII Festival Internacional del Cante de las Minas. En ella estuvieron presentes el periodista, escritor y productor especializado en flamenco José Manuel Gamboa; el director del portal deflamenco.com, Rafael Manjavacas, y el presidente del Círculo Flamenco de Madrid y especialista en patrimonio sonoro Carlos Martín.

La charla entre estos expertos se remontó al siglo XIX, cuando “la palabra flamenco era la etiqueta que se ponía para vender un nuevo producto”, indicó Gamboa, haciendo alusión a que eran conocidos como ‘bailes del país’, sin que hubiera un apelativo concreto. Contó que se hizo una gran fiesta en Madrid a mediados de este siglo para presentarle el producto a autoridades y personas del mundo de la cultura en la Calle del Baño, que hizo que se le pusiera al flamenco la etiqueta de ‘arte nuevo’, provocando que se extendiera y llegara a toda la humanidad, empezando a “funcionar a lo grande”.

Ya en el siglo XX aparecen los primeros concursos con artistas del género, que fueron la vía para dar a conocer el flamenco, que hicieron “que nacieran generaciones de niños cantaores que evidenciaban la afición flamenca”, según Carlos Martín. Esto se puede comprobar en los carteles de la época, que mostraban la “efervescencia y el ambiente flamenco en Madrid”, con nombres que a día de hoy ni se recuerdan. La ópera flamenca se recuperó tras la guerra y la radio empezó a adquirir protagonismo con “una estética más evasiva que hacía que el flamenco se arrinconara a sus ambientes naturales, como colmaos y fiestas privadas”, añadió el experto en discografía.

“En Madrid no solo existía una demanda de flamenco, sino que había un ambiente andaluz muy importante, haciendo que los artistas que venían a trabajar encontraran un entorno afín”, añadió Martín. Fue hacia los 50 cuando los tablaos pasaron a congregar el arte flamenco. “Se crearon para el público nacional, para que pudieran escuchar cantes de verdad, porque en la ópera flamenca no se cantaba por siguiriya”, indicó Gamboa. Esto motivó que “todos los flamencos de España fueran a Madrid para quedarse a trabajar”, apuntó Manjavacas, añadiendo que reunían “el tejido social de Madrid”.

En esa escena, el Corral de la Morería tuvo un papel crucial. “Es la casa auténtica que nos queda, que estableció el concepto que seguirían el resto de tablaos”, dijo Gamboa, que apuntó que en aquella época el turismo “iba a sacar de la miseria”, cuya fórmula era la gastronomía primero y el flamenco después, aunando ambos conceptos en el mítico tablao madrileño.

Tal y como apuntó Paco Paredes, “todos los artistas que llegaban con la música de su tierra triunfaban en los tablaos de Madrid y las engrandecían”, lo que evitó que “muchos cantes se perdieran”. “Madrid serviría como catalizador, como un espacio libre en que el flamenco se ha podido desarrollar, creando espacios de complicidad para disfrutarlo”, añadió Carlos Martín. “Lo que hizo la Capital fue servir de polo de atracción para todo el orbe flamenco, porque había un espacio donde podía encontrar su lugar más natural y el público accedía, por eso las primeras figuras estaban allí”, matizó, señalando más tarde a las peñas, cuya labor propició una afición importante en torno al flamenco, dando voz a los artistas que no tenían tantos espacios para trabajar cuando se pusieron en marcha los festivales. A esto se sumaron galas flamencas y espacios alternativos que conjuntamente hicieron que “el Madrid flamenco haya sido imprescindible durante dos siglos y el mejor escaparate para el género”.

Este flamenco no estaba lejos del centro, sino que “siempre ha estado muy bien señalizado para que cualquiera que llegara lo encontrara fácilmente”. “A diferencia de otras ciudades, concentraba la vida flamenca en torno al centro de la ciudad, donde estaban los mejores sitios y alternaban los mejores flamencos”, informó Gamboa.

Con todo esto, los expertos dejaron claro que Madrid ha sido testigo de cómo ha sido la evolución del flamenco a lo largo de su historia y el papel que ha tenido para que grandes nombres, como Morente, Paco de Lucía o Chacón, crearan parte de su obra desde este lugar.